martes, 23 de noviembre de 2010

El mayordomo me detesta, lo sé. El mayordomo no ha dejado de mirarme en toda la cena. Cada vez que levantaba la vista, allí estaba el mayordomo. Cada vez que le devolvía la mirada, desafiándole, el mayordomo me obsequiaba con una sonrisa. El mayordomo es un hombre sutil. Cuando he resbalado, el mayordomo ha sido el primero en acercarse a preguntar cómo estaba, solo a fin de llamar la atención de todos sobre mi caída. Al final de la noche, el mayordomo me ha despedido con fría cortesía.

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