lunes, 31 de enero de 2011

Esta mujer tiene un gato que se le ha escapado. Cansada de buscarlo, se ha sentado en un bordillo junto a la playa.

Me mira ajustándose las gafas oscuras. 

Esta mujer sin duda no espera a nadie. Sentada bajo una palmera contempla la monotonía de la playa con sus gafas de sol inútiles.

El sol no ha salido en todo el día como indica su ropa de abrigo.

Aquí vive nuestro asesino. Desde la ventana de un cuarto piso juega a elegir sus víctimas. A veces por capricho grita "¡tú!" a su siguiente vícitma, como si le diera la oportunidad de escapar, pero los viandantes no pueden oírle.

La zodiac acaba de rescatar a un windsurfista borracho. "Si has de vomitar, hazlo por la borda", le ruegan.

El optimist de la vela azul se propone dar alcance al windsurf rojo. "¡Ya verás cuando te pille!", le amenaza enfadado por ser más lento. El windsurf se aleja riendo, divertido.

Aleteo

domingo, 30 de enero de 2011

Zombis

Bajo tu ventana hay una calle. Desde la cama, escondido tras la almohada, puedes oír los sonidos de la locura. Aprietas fuerte la almohada contra el rostro queriendo despertar de esta pesadilla. De pronto, te sobresaltas y dejas caer la almohada. ¿Y si entran por las ventanas sin postigos de la planta baja? Te levantas de un salto, buscas en la habitación algo que pueda servirte de arma. Te decides por la raqueta de tenis. Desciendes las escaleras con el arma preparada: pueden haber entrado sin que los oyeras. Un alarido inhumano, acabado en un líquido gorgoteo, surca el aire procedente de afuera. Ruido de cristales rotos muy cerca de aquí. Están muy cerca.

Congelada sobre la butaca en el salón que da al jardín, descubres a Elena, tu amante. Está pálida como un muerto, provocándote otro sobresalto.

–Qué haces aquí –preguntas desde el vano, a una distancia prudencial– ¿No te fuiste de casa anoche? –Anoche, cuando todavía no tenías noticia de la epidemia (ha sido todo tan repentino como un despertar), os peleásteis y la oíste marchar dando un portazo.

Ella tarda mucho en responder. Ni siquiera levanta la cabeza, cuya barbilla descansa contra el pecho y sus brazos sobre los de la butaca. Si no responde, piensas, es que es una zombi en fase de gestación. Así que pégale o mejor enciérrala.

Lentamente una mano (pequeña y de piel fina que deja transparentar las venas, adorable como antaño cuando te gustaba jugar con las manos de Elena escondiéndolas entre las tuyas y besar uno a uno sus deditos; pero ahora es una zombi) se despega de la butaca. Trazando un gesto oblicuo y desmayado señala la ventana de la calle.

–Z-z-z-zombis –consigue articular.